Abre las puertas de esta despensa...

De pequeño, mi repulsión irracional hacia el deporte, y mi obtusa tendencia a estar solo, propiciaron que mi deporte favorito consistiera en encerrarme en la despensa de casa, justo bajo la escalera.Tan confinado espacio, repleto de latas de conserva, pastas, legumbres y botes de Cola-Cao, fue campo de cultivo ideal para las semillas que mi imaginación derrochaba, como era propio a mis escasos años. Fui allí presentador, mago, científico loco y decorador del Un, Dos, Tres... Fui todo lo que quise en cada momento. En modesto homenaje a aquel cubículo preñado de ilusión, vaya este blog donde ser otras mil cosas, ahora que los años no son tan pocos...Abre la puerta y entra en mi despensa, tal vez, aunque sea por un segundo, tu ansia de curiosidad infinita sea, como lo fue la mía en su momento, saciada.

PS. Se admiten comentarios y crítica constructiva, al fin y al cabo es la mejor base para mejorar.



domingo, 10 de marzo de 2013

Mariposas


Son imaginaciones mías, seguro… Pero esa luz caliente que desprenden sus ojos, esa forma de sonreír sin mover los labios… no sé…

No, seguro: son imaginaciones mías, las mismas de siempre.

Vamos, no es la primera vez; ¿Te acuerdas de Iván, de aquella noche de teatro y risas? No dormiste durante días abrazado a aquella misma idea, a aquella luz caliente que parecía emerger de sus ojos, aquellas palabras sin pronunciar que anunciaban a los cuatro vientos que era él… que te quería… Era él, pensabas tontamente, ¡Tiene que ser!, atesorando su imagen con cada aliento, tenía que ser, cada pensamiento retornando a su imagen, a su cercanía, a aquellos ojos que parecía que iban a estallar de amor por ti, a aquél abrazo que fue más que una felicitación, aquellas palabras ambiguas que escondían más de lo que mostraban… y sin embargo…

¡Me ha tocado! ¡Otra vez! Pero si acaba de darme la mano para despedirse… ¿Por qué esta palmadita en el hombro ahora? ¿Por qué no se ha ido aún, cuando hace ya cinco minutos, al menos, que dijo que se iba? ¿Por qué se ha quedado en primer lugar?

No es más que un mensajero… Con toda seguridad, un mensajero, un trabajador, un profesional como otro,  no se comporta así…

Quiere algo más… No hay otra explicación plausible… Parece estar pidiéndolo a gritos sin hablar… Pero ¿por qué? ¿Tú me has visto bien? Soy todo lo contrario a él… mírale: elegante, joven, atractivo, con la vida por delante, atractivo, joven, inmaculado, con esa inocencia grabada en el bronce de su tímida palabra, en el arco ojival lateral de cada párpado, tan joven, tan atractivo, atractivo… tan guapo… ¿Cómo iba a fijarse en alguien como yo?

Mírate hombre…¡Estoy horrendo! Me sienta fatal este uniforme… no te engañes, no culpes al uniforme, es tu forma, aunque tampoco el uniforme ayude en lo más mínimo ¿Te has visto bien? Deja de comer porquerías y laméntate menos, muévete más…. ¡Estoy horrendo! Si meto un poco de barriga tal vez no se note demasiado… ¿Se nota mucho mi calva? ¡Qué lástima, con lo que ha sido uno!

Tenía que haberme recortado un poco la barba… Con los cuatro pelillos de abajo se me ve más papada… es imposible que no se vea, si está ahí, no va a desaparecer por un afeitado; ojalá las cuchillas se llevaran la papada, pero sin sangre, limpiamente, como si fueran los pelillos de la barba… ¿Cómo se va a fijar en ti? ¿Cómo? Tan guapo, tan joven, atractivo…

No, tienen que ser cosas mías, las mismas pamplinas de siempre pero… ¡Me ha pedido mi número! Eso es un hecho irrefutable; ha dicho “bueno, dame tu número si eso y ya vamos quedando”.

 Sí, está claro que le he dado algo de confianza. Vale, he sido yo el que ha mencionado lo de tomar un café en algún momento, eso no ha salido de él… ¡pero tampoco ha rechazado la idea! Por otra parte… café… Café toma todo el mundo, los amigos, los colegas, la familia… un café no implica nada… ¿Y con un desconocido? Prácticamente, sí, nos hemos visto sólo tres veces por trabajo… eso tampoco me convierte en su amigo, soy un desconocido, prácticamente… Así que, ¿Qué le ha llevado a quedarse?

Estoy convencido de que no se quería ir… Que sí, que he sido yo quien le invitó a sentarse un momento y hablar… pero aún sin decir nada era él quien lo pedía… su cuerpo entero era un libro abierto: “NO quiero irme ¿Me puedo quedar un momento?”  Yo sólo verbalicé lo que sus maneras ya decían… Además, mencionó algo de que no tenía prisa.

Obvio, quería hablar conmigo… por H o por B, pero quería… Que sí, que tampoco eso significa nada…

Estás viendo lo que quieres ver, sólo eso… aunque parezca claro que en esos ojos la sonrisa cómplice no ha cesado, mira… esa condescendencia, ese calor, esa forma sutil de decir “sé exactamente lo que estás pensando y sí, soy yo”… ¿Qué estoy diciendo? Mi imaginación no tiene límites… ¿Estaré volviéndome loco?

Me aprieta un poco el brazo… ¡Santo Dios! Me estoy mareando… ¿Qué acaba de decir? Ni idea, no oigo… me estoy mareando… uf, lo tuyo es grave eh… pero percibo la dulzura almibarada de su palabra tierna, la inconfundible vibración de unos graves en mi bajo vientre, la picante sensación que producen esas mariposas inventadas en las entrañas… Complicidad pura, aseveración muda del deseo que no necesita otros canales de comunicación más que el tacto y el olfato, tal vez la vista…

Vuelve al mundo real, vuelve… Ya se va, ¿ves? Pero se va con una promesa… o algo parecido.

Va a llamarme, me lo ha dicho… ¿Para qué iba a querer mi teléfono si no? Tal vez porque le he dado confianza, tal vez le gusta conocer a mucha gente sin más pretensiones, hay muchas personas así… y la última vez dijo… creo haberle oído algo de una… Seguro que hay alguna, siempre pasa, siempre.

No seas negativo, quizás esta vez sí sea él… aunque eso está por ver, lo más seguro es que sí, que haya alguna. Siempre las hay… y con la puntería que tengo…

Pero él quiso quedarse, a ver… Estaba trabajando, y aún así optó por parar un rato… ¿Cuánto se ha quedado? ¿Media hora?...

“Hasta luego, venga, ya hablamos, mándame un mensajillo o algo y nos vemos.”

¡Qué hermoso es! Tampoco es un adonis, pero tiene un modo de caminar, un porte… y esa chaqueta que trae hoy le sienta de escándalo, no hay más que ver la leve caída de hombros, la insinuante garra que sobre los glúteos ejerce el pantalón, o el abrazo desgarrado del cinturón alrededor de su cuerpo para darse cuenta de su hermosura intrínseca… ¿Qué estoy pensando?  Y da igual la ropa que lleve… el primer día… ¿Qué llevaba el primer día? No sé, no lo recuerdo,  pero ¿Qué más da con esa sonrisa, que se abre al mundo como las puertas del paraíso inventado?

Nada tiene que ver la ropa, por más bien que le pueda sentar la apariencia elegante y formal de hoy, con un chándal, vaqueros, camiseta, lo que sea, está tremendo… tampoco te pases…serán esos ojos los que dan luz a todo lo que haya alrededor, cegando los míos hasta este punto, porque le tengo delante y ya sólo veo una imagen inventada a imagen y semejanza de lo que quiero ver, mis ojos ven por deseo, no por mecánica óptica…

Esos ojos, qué arco más curioso describen esos párpados… ¿A qué me pongo ahora a pensar en párpados?  ¡Ha pedido mi número!

Se ve que tiene intención de que seamos algo más que conocidos, algo más que dos fichas de distintos juegos que, por error, acaban en el mismo tablero… Tiene que ser… es simple y sencillo, ¡Tiene que ser!

Quizás salga volando mi cuerpo a partir de los aleteos que se me reproducen en el vientre… ¡Son mariposas! Y quiero sentirlas, no ponerles freno, agarrar la pequeña cremallera que me empieza en el meñique del pie derecho, tirar hacia arriba de este pellejo gris ceniza que me cubre y abrir el saco enorme de mariposas multicolor que dentro chocan ya con todas las paredes de mi ser…

¡Tiene que ser! No hay otra posibilidad…

Porque ya es imposible que deje de ser otra vez, que son demasiadas ya… y en esos rasgos, en esos gestos, en cada sutil movimiento no ensayado estaba escrita la intención:  que es Éste, que esta es la ocasión, que estás para mí al fin, y al fin delante de mis labios… que mi estómago no salía a cazar mariposas hace mucho… menos aún a atraparlas, como ha hecho hoy…

Y él ha servido de cebo, él ha tendido la red, él mismo es la red… y yo, tal vez como un saco grande de mariposas de colores  volando hacia ella sin mirar, de cabeza, el corazón galopando en cada ala, espoleando el batallón de lepidópteros… ¡A la red, a la red!

Y tal vez, como hasta ahora, tras la red… acabe él devorándome sin piedad, como otra viuda negra.

Se Equivocó




De los- pocos, eso sí- consejos que le habían dado en la vida, tal vez aquél fuera el único que había quedado grabado a fuego en su pensamiento … y también el único que jamás puso en práctica.

“¡Equivócate!”

A pesar del tiempo transcurrido, lo recordaba ahora con tal claridad que parecía un sueño de esos de los que despiertas sin saber si te ha ocurrido o no de verdad.

Recordaba con viveza los acordes, malsonantes en manos de aquella orquestucha de pueblo que amenizaba la velada, de aquella canción que le habían dedicado en aquella fiesta, pretendidamente sorpresa, que unos amigos le habían organizado antes de que marchase a estudiar, gracias a una generosísima beca otorgada a tenor de su rendimiento académico, a una Universidad extranjera, muy lejos de su, hasta entonces, universo conocido.

Ella estaba sentada de forma casual sobre la improvisada barra, sus labios aferrados a una pajita de plástico multicolor, sorbiendo distraída un cóctel descafeinado que ella misma había preparado hacía un momento. Sus piernas, inmersas en un vaivén laxo que apenas llevaba el compás de la música, desnudas desde la mitad de los muslos, juntas por un sentido del pudor que, a primera vista, muchos habrían zanjado como inexistente. Nunca se lo dijo, pero siempre la envidió… y no por lo hermoso de sus piernas, o el resto.

Ambos asistían a la misma clase en bachillerato. No se sentaban juntos, no eran especialmente amigos; simplemente se llevaban bien. Habían coincidido en varios trabajos de grupo y ella ayudaba en la parte técnica de la revista que editaba el instituto y en la que él estaba bastante implicado.

Siempre le había llamado la atención, aunque no pudo decir a ciencia cierta si en algún momento llegó a gustarle. Si en alguna ocasión fue así, ya se encargó su exagerado sentido de la corrección, la decencia o lo que quiera que fuese, de quitarle aquella idea de la cabeza y concentrar toda su energía en Virginia, su novia en aquél momento. Adorada esposa y madre de sus hijos hoy día. Si en algún momento se sintió atraído por ella, su conciencia, por llamarlo de algún modo, inmediatamente trocó esa atracción en un cierto modo de envidia que revistió de sanidad por hacerle permanecer intachable.

Olga era distinta… ¡Un desastre de chica! O eso decían muchos. Su melena rojiza poco más que amordazada en un recogido imposible, su ropa colgando literalmente de cualquier saliente de su cuerpo bien torneado. Sus ideas, a veces revolucionarias, siempre hilarantes. Y tal vez era por ello que le llamaba la atención.

No era mala estudiante, pero su irregularidad en las calificaciones desconcertaba a profesores y compañeros por igual. Era una persona de muchos talentos, pero no parecía decantarse por ninguno en especial, experimentando aquí y allá, como una abeja libando de flor en flor… Exactamente igual que, sin demostrar promiscuidad alguna, ocurría en su vida sentimental. Ante todo, una persona magnética, con unas habilidades sociales muy desarrolladas que a veces, sin embargo, prefería pasar temporadas sin ver a nadie…

El orden, la lógica, la “rectitud” y la corrección eran las premisas que,  inculcadas por sus padres, regían el modo de comportarse de Sergio, cuyo nombre incluso fue seleccionado con método por sus progenitores, al considerarlo un nombre con peso propio y reducida, o nula, tendencia a los diminutivos o abreviaturas.

Allí sentada en la barra pensando en sabe dios qué, atrajo por un momento la atención de Sergio, que éste intentaba distribuir equitativamente entre los allí presentes. De un pequeño salto, se sentó a su lado, aprovechando, sin saber siquiera que lo estaba haciendo, que Virginia había salido a atender a una amiga que se había derramado la bebida encima, producto, sin duda, de otras tantas bebidas que no habían corrido esa suerte.

-          ¿Te diviertes? – preguntó Sergio con una sonrisa nerviosa que le pareció del todo injustificada ¿por qué estaba nervioso?

-          Mucho. El grupo es una mierda, pero hay buen ambiente… Disculpa, es tu fiesta…

-          No te preocupes. Son pésimos. No les hubiese traído si llego a organizarla yo.

-          Sergio, no te conozco tanto, y tal vez me voy a meter donde no me llaman, pero, si me lo permites, voy a darte un consejo.

Hizo una breve pausa. Sus ojos verde agua brillaban de forma casi ebria, a pesar de que debía ser la única de allí que no había probado una gota de alcohol en toda la noche. Sergio sintió un resquemor pequeño en el vientre, una sensación cálida y desazonante que le resultó poco familiar, incómoda… irresistible. No lo notó, pero se había inclinado visiblemente hacia Olga, que le miraba fijamente y con una media sonrisa que dejaba ver parte de sus dientes blancos a la sombra del toldo oscuro e invitador que formaban sus labios de carne tierna.

-          Ya digo que esto es meterme donde no me llaman, pero bueno, échale la culpa al alcohol si quieres, aunque no he probado una gota.. – sus labios estaban ahora descaradamente cerca de los de Sergio, que temblaba como un pajarito en las manos de un crío – Mi consejo es:

Por una vez en su vida, Sergio se sintió mareado, como esa sensación que produce hacer algo realmente excitante cuando uno se sabe haciendo “lo incorrecto”. Sus labios y los de Olga estaba ya separados únicamente por una delgadísima capa de aire viciado de aquél local. El corazón se le iba a salir del pecho, incluso su bragueta experimentó un repentino crecimiento totalmente desproporcionado y sin propósito.

-          ¡Equivócate!

 Y del mismo modo casual que parecía regir todos sus actos, mezcla de improvisación, gracia, azar y destino, Olga se echó hacia atrás y volvió a casi morder la pajita que sostenía con una mano, dio una sorbida rápida y continuó.

-          Equivócate mucho Sergio. Ese es mi consejo… Te echaré de menos, aunque no lo creas.

Aquella fue la última vez que se vieron en persona, la última vez que hablaron cara a cara. La distancia y la supremacía de las redes sociales harían que, en adelante, sólo coincidieran muy ocasionalmente, siempre de forma virtual.

Aquel no fue el único consejo de aquella noche… la verdad es que se fueron sucediendo de amigo en amigo, de abrazo en abrazo, creciendo en intensidad emocional a medida que los cócteles iban haciendo mella en los cuerpos: “A triunfar, fiera”, “¡Cómete el mundo!”, “No seas malo”, “Aprovecha el tiempo”, “Echa una canita al aire”, “No olvides de dónde vienes, donde quiera que llegues”… “No te olvides de los amigos”… Pero todos cayeron a plomo, en un momento u otro, en ese pozo profundo que es el olvido. Todos, menos aquél “¡Equivócate!” que hoy, como la lluvia persistente de Marzo, había traído el viento a aquella ventana desde la que Sergio parecía observar, como en una moviola, su propia existencia.

Después de aquella noche, viajó hasta su lugar de destino, llevó a cabo, como no podía ser de otro modo, de forma brillante, sus estudios, volvió a casa con un trabajo importante debajo del brazo… Tras algún conflicto menor, contrajo matrimonio con Virginia, a la que amó desde que tuvo capacidad para hacerlo, vinieron los hijos, una preciosa pareja que afianzó aún más si cabe aquél amor de libro que parecía escrito en las estrellas, los hijos crecieron llevando vidas no menos ejemplares que la que habían conocido de sus padres, y ahora disfrutaba de una jubilación tranquila,  animada por las regulares visitas de los nietos, que le adoraban y con la afable y cálida compañía de aquella que había sido su pilar desde hacía tanto. Podía decirse, sin fisuras, que había sido feliz.

¿Sin fisuras?

Por más que le doliese, había momentos, aunque pasajeros, bastante agridulces en que el viento o la lluvia le traían recuerdos, ideas, sensaciones tal vez, que le producían cierto descontento, cierta sensación de haber dejado algo en el camino, de no haber acertado…

¿Qué hubiese sido si hubiese estudiado menos? ¿Y si hubiese sido un poco más gamberro, algo más atrevido? Si hubiese conocido, amado  a otras mujeres, traicionado a su esposa aunque sólo hubiese sido por unas horas de lujuria… Si hubiese seguido aquél impulso raro que en aquella ocasión le pedía dejar su puesto docente para ir a ver mundo… ¡Hacerse hippy! ¡Probar la droga, el tabaco al menos!  ¡Cualquier cosa! … ¿Y si hubiese dejado a Virginia aquella vez que ella pareció alejarse en vez de luchar juntos por la relación y las buenas formas? ¿Y si hubiese besado a aquél compañero que una vez le declaró su cariño, aunque sólo fuera por probarlo, aunque sólo fuera por constatar que aquello, positivamente, no era lo que él quería? Dudas, dudas, dudas… Fisuras que siempre relacionaba con lo mismo, con aquella maraña de pelo rojizo, aquellos labios cercanos en aquella noche de celebración, aquellas palabras…

Aquél, aunque habían sido pocos, era el único consejo que había quedado grabado a fuego en su pensamiento… también el único que jamás puso en práctica… ¿O tal vez sí?

Al fin y al cabo, Sergio fue un hombre que no supo equivocarse y - ahora estaba convencido de ello- se equivocó.